domingo, 22 de septiembre de 2019

ALAS PARA UN SUEÑO


No te detengas, sigue hasta el último suspiro, porque la vida es corta, pero los sueños desconocen el tiempo. Porque todo llega en su momento. 

No te detengas, aunque estés cansada y la frustración te rasgue el alma, aunque todos te den la espalda; porque tu sola te bastas...

No te detengas, porque te he visto caer y siempre te levantas, porque sos más fuerte que la esperanza.

Porque brillas, porque irradias belleza, porque el mundo es mejor con tu presencia; no te detengas. 

Porque lleva tiempo construir un universo, procura siempre darle alas a tu sueño...

martes, 17 de septiembre de 2019

TODA LA MAGIA DEL VINO




Toda la magia principia con una mujer y una copa de vino. En un restaurante o en la terraza, en el patio o en la cama. 

Algo se activa cuando el líquido le besa los labios: se le prende el fuego entre las piernas, y la alegría en la cara.

Entonces, se mira relajada, dulce paloma enamorada dispuesta para el amor...

Entonces, es ángel y demonio, fantástica creatura sensual, diosa de la pasión, del sexo y el alcohol...

Sí, toda la magia principia con una mujer y una copa de vino. Toda historia de amor cabe en una botella de tinto; y en la transparencia del cristal el dulce motor del alma, la ardiente llama de las ganas...

domingo, 15 de septiembre de 2019

UN POCO DIABLA...


Así, media rota te quiero, con las heridas de la vida, con los kilos de más que dices tener, con tu blanca palidez lunar, y el húmedo calor entre las piernas.

Te deseo imperfecta, tan mujer, tan humana, capaz de reír hasta las lágrimas, de odiar con odio sincero y de amar como aman los "enfermos": a voluntad de hierro. 

No me interesa la santa que todos alaban; aunque te sé una dama, te prefiero puta en la cama: el lado oscuro del alma que se despliega al abrigo del vino. 

Y aunque los amargados digan que no es correcto, yo quiero ver la felicidad en tu cara, cuando te vencen las ganas y te quedas sin palabras... 

Me encanta la mujer, pero más me seduce la diabla.



jueves, 5 de septiembre de 2019

TALOK Y LA ESFERA INFINITA





Oscuro tormento la despiadada conciencia de no ser único e irrepetible, de saberse sólo otro ínfimo grano de arena. 

Yo, Talok, me levanté al amanecer; sobre el cálido lecho forrado con pieles de bisonte gris descansaban desnudas mis tres bellas concubinas. Sonrisas plenas de satisfacción adornaban sus ensueños. 

Me cubrí con una larga capa de coloridas plumas y coloqué la diadema real en mi cabeza. Abandoné la estancia de jade verde y descendí, uno a uno, los mil escalones de la amplia escalinata de granito blanco. 

El centinela, apostado al pie de la gran columna, trajeado con pechera metálica y una lanza de bronce en la mano izquierda, cayó de hinojos besando el suelo que pisé, diciendo entre dientes, «bendito sea mi señor». —¡De pie! —ordené sin mirarle, yo, el más poderoso entre los poderosos y sabio entre los sabios. 

Salí al exuberante patio del palacio, donde margaritas sonrientes hablaban quedo en el jardín alegre y girasoles enormes bebían la cremosa luz solar. Más allá de los muros del edificio imperial, tomé la vereda que llevaba al Bosque de los Siete Cielos. Allí tuve la sensación de ser intensamente observado. 

Miré alrededor, no había nadie. Un sonoro clamor de pájaros ilustraba el espacio con su canción, mi corazón se rebosaba de gozo. Altivo, reflexioné mientras avanzaba: «Mis dominios son inconmensurables, mi trono es el mundo. El conocimiento pleno y el poder absoluto son los caros adornos que ennoblecen mi frente. Pies tan sacros como los míos no han pisado antes esta tierra, ni horadado el polvo con su huella.»

Continué caminando por aquel sendero custodiado por árboles majestuosos, cuyas salvajes crestas emanaban destellos inquietantes, hasta que llegué al manantial que duerme en lo profundo del bosque, donde se cruzó en mi camino la mágica Esfera Azul de los Siete Espejos, de la que me apoderé al verla emerger del fondo de las aguas acaloradas. 

Teniéndola entre mis manos recordé su origen místico: Contaban mis ancestros que pertenecía al travieso duende Chamac, soberano del reflejo; oscuro ser de carnes azules, duras y ásperas, cuyas palmas de las manos eran espejos redondos —que terminaban en dedos largos, de uñas negras y afiladas—con los que era capaz de crear dobles etéreos de todas las cosas; vanas ilusiones.  

Por esto, el Creador, furioso con él, ordenó quitarle sus poderes y expulsarle de la Casa de Orión donde residían las divinidades, pero antes de ser desterrado, Chamac, con dolor, se descarnó los espejos fundiéndolos en la forma de la esfera que arrojó a las aguas a fin de ocultarla. 

Los ancestros advertían que ella abría puertas a mundos diversos, y quien asomase a su interior vería la más terrible de las verdades.

Reí de aquella advertencia. Lleno de curiosidad, divertido, miré a través de la esfera y en el interior me vi reflejado: me levantaba al amanecer dejando a las tres concubinas dormidas en el lecho acogedor. 

Me descubrí alto, de mirada intensa, con las pupilas negras y rasgadas, piel cobriza, nariz aguileña y aire digno en el joven rostro imponente. Sobre la frente amplia la diadema de oro sujetando unos oscuros cabellos castaños muy largos. 

Tras descender la escalinata de granito y encontrar al guardián, observé a mi reflejo salir al patio con aire soberbio, para luego, más allá de los muros del palacio, seguir por la vereda que llevaba al Bosque de los Siete Cielos, lugar en el que murmuró su fortuna, teniendo la sensación de estar siendo observado, hasta que, finalmente, llegó al manantial místico, de donde emergió la Esfera Azul de los Siete Espejos, la que tomó entre sus manos. 

Entonces, lo vi  asomarse al transparente globo azulado, mirando en el interior de él, con sus pupilas negras y rasgadas. 

Pero luego de un momento, apartó los ojos para mirar al cielo con expresión de furia al descubrir mis pupilas que lo miraban. De pronto, yo, Talok, el observador, sentí de nuevo que era observado. Indignado por aquella intromisión, pues suponía que estaba solo, aparté mis ojos de la esfera cristalina y miré el cielo azul y redondo, abierto sobre mí. 

Furioso e impotente, apretando el globo entre mis dedos, comprendí que yo no era más que el reflejo de un insignificante grano de arena en el infinito, al descubrir unas gigantescas pupilas negras y rasgadas que, por encima de las nubes, me miraban divertidas...



miércoles, 4 de septiembre de 2019

LOS SECRETOS DE LAS NOCHES Y LOS DÍAS


Llueve sobre los techos, los pájaros se guardan, la noche se acrecienta, y ella en el silencio del cuarto juega con su cuerpo.

Al tocarse le brota la sonrisa pícara, las ganas que se le desatan... Dicen que es metro y medio de pura maldad; pero no. En esta noche tormentosa, es pura sensualidad.

En la penumbra estremecida, las piernas ligeramente abiertas, el vibrador en el dedo, húmedo al ingresar en la tibieza interior...el aguacero por dentro que se le desborda y los ojos que se le cierran. 

Hay calor en la habitación. Ella con la cabellera suelta, transportada, temblorosa, conforme el zumbido provoca espasmos en su sexo, los pezones endurecidos. Es una diosa en la sombra, vibrante, luminosa, toda llena de magia. 

Entonces, la espalda que se arquea, la cabellera oscura sobre la cara, un gemido, un estremecimiento y todo fluye: el aguacero que revienta violento en el cielo, los perros que ladran al canto de sirenas en el barrio, el mundo que gira violento...

Pero ella en su cuarto, temblorosa aún, va al espejo, se quita las bragas mojadas, se levanta la blusa y se toma una fotografía....

Así imagino la escena; quizá no pasó de esta manera, pero me gusta imaginar que sí: a medias desnuda, la piel estremecida, feliz, deslumbrante, como ella es... sin cadenas que le aten las alas del alma, ni le castren la piel. 

La noche lluviosa y, en su mirada las estrellas, el sexo y el amor, sus metas y sus fantasías. A sus jóvenes años el futuro brillante que la espera, y en su espíritu los secretos de las noches y los días...




ROSA PÚRPURA


—¡Rosa Púrpura!

Exclamó el vidente al resplandor de la esfera azul. —¡Debéis hallarla! Ante ella el dragón caerá rendido y así liberaréis a vuestro pueblo.

El joven aprendiz de mago, con el corazón agitado, dejó la tienda del viejo gitano. ¿Dónde hallaría la rosa púrpura? Al compás de violines vertiginosos alegres muchachas danzaban alrededor del fuego, con largas faldas voladas y los brazos adornados con brazaletes. En el cielo ya se presentía el fresco de estrellas temblorosas.

El dragón que aterrorizaba a su pueblo era de la especie más feroz, apostado en los caminos devoraba las caravanas. El joven Omar buscó su montura y avanzó entre los carromatos y las tiendas del campamento gitano, en mitad del robledal. 

—¡Una rosa púrpura! —se decía mientras marchaba. Sus ojos magnéticos perdidos en la lejanía de sus reflexiones. Y viajó a tierras lejanas tras la rosa mágica que rompería el maleficio. Escaló las alturas del Tíbet, pero no encontró la flor ansiada. Se internó en las llanuras de Catay y recorrió las extensas regiones del Indostán; pero todo esfuerzo fue inútil.

Hasta que un día, en un poblado remoto, oyó decir a una anciana que en el bosque de Abel-al Sabar, había un jardín de rosas que florecía durante todo el año. Entusiasmado partió hacia el lugar, pero al llegar de noche decidió pasar las horas oscuras al pie de un gran árbol de cedro, junto a un fresco manantial.

Al abrir los ojos la mañana siguiente, descubrió una mujer a su lado que portaba un alfanje. Se sobresaltó, —¡quién sois! —preguntó y la muchacha respondió con una sonrisa: 

—Me llamo Vishná. ¿Qué hacéis aquí?

—Soy Omar, busco el jardín de rosas del bosque de Abel-al Sabar, pero al llegar la noche me he recostado al pie de este árbol añoso.

—Tenéis suerte, extranjero. Yo os puedo llevar al jardín de las rosas con la bendición de Brahma.

Omar sonrió feliz, y de inmediato emprendieron el viaje. Fueron dos leguas de camino grato entre parajes hermosos. Durante el trayecto ella le platicó de su pueblo, hinduistas devotos de vocación pacífica, pero valientes guerreros de turbante y alfanje cuando se les provocaba. Vivía en una pequeña aldea donde su pequeño hermano Abdulá era conocido como Saeta Dorada, al ser ligero y vigoroso, y su madre como Nube Azul, por ser pura y bondadosa.

Él miró con interés a Vishná, le gustaron sus rasgos tan definidos: los ojos castaños que se prendían con la sonrisa franca, el cabello oscuro y el cuerpo delgado de huesos largos. La contempló un rato y ella se sonrojó, coloreándosele el rostro con el tono de la flor buscada; Omar se reprochó haber olvidado su deber durante unos minutos por admirarla.

Finalmente, llegaron al gran jardín donde florecían todas las variedades de las rosas. Entraron en el campo florido y él se dio a la tarea de inspeccionarlas. Las encontró blancas como las nieves del Tibet, rosadas como los amaneceres de Sri-Lanka y también amarillas, rojas, anaranjadas y hasta azuladas como los cielos plácidos, pero luego de muchas horas, no dio con la tan ansiada rosa púrpura. Descorazonado abandonó su búsqueda y se tendió junto al cauce de un arroyo. Si no la hallaba nunca liberaría a su pueblo.

Entonces, una mano tierna se apoyó en su hombro. Levantó la vista, era la hermosa Vishná. —¿No hallasteis lo que buscabais? —Él hizo un gesto negativo y le contó su historia, le habló de la rosa. Ella, conmovida, quiso regresar con él y ver al dragón. —Os devorará si regresáis conmigo —dijo él—. Igual quiero verle —afirmó ella.

Viajaron durante largas jornadas y Omar sintió la felicidad de estar al lado de la muchacha, le fascinó la desenvoltura de sus pasos elásticos bajo la túnica larga; pero también experimentaba la tristeza de regresar a su pueblo como un vencido. 

En los linderos del camino descubrieron al dragón. Restos humeantes de un poblado a sus espaldas, las fauces ensangrentadas. En verdad era atemorizante; pero al mirar a la muchacha, se comportó como un cachorro. Omar contemplaba la escena con incredulidad. Vishná desenvainó el alfanje y de un tajo rebanó la cabeza de la bestia. El cuerpo cayó sin vida.

 Junto a la cabeza ensangrentada Omar tuvo una corazonada, y le preguntó cómo era llamada entre los suyos; ella, volteando el rostro, exclamó sonriente:

—¡Rosa púrpura!

lunes, 26 de agosto de 2019

AGUA Y FUEGO




Porque aún estamos a tiempo, porque la sangre palpita en tus venas, porque hay sueños en tu imaginación y porque las manos no te tiemblan.


Porque la vida es breve, pero el ahora es eterno, porque somos luz y armonía, porque somos agua y fuego.


Porque al mirarte en mis ojos no te importa nada más, porque al mirarme en tus ojos me descubro inmortal...